Estatuas e ídolos: Convirtiendo la rebeldía en grandeza

Por: Omar Méndez C.

Twitter :@omarmca

No tiene que haber alguna duda de que si habría que elegir a un ‘Tigre’ para hacerle una estatua, tendría que ser Gignac, y aunque nombres como Miloc, Tomás Boy o Batocletti entrarían en el debate, todos ídolos, saltemos del  ¿A quién? Para llegar a los porqués.

Desde su arribo a la ciudad, Gignac se estrechó con la barra y la afición, a través de señas, gestos, anotaciones y sombreros, el francés ilusionó, como muchos otros, con la percepción de que pudiera ser el redentor que terminaría de sacar a Tigres del claroscuro de las últimas épocas, lo logró; y así, pudiéramos describir goles, títulos y hazañas altruistas, seguir desgranando las virtudes y alimentando la meritocracia, pero este premio no termina en la silueta individual. 

En la tan común discusión acerca de la supuesta y falsa grandeza de Tigres se han leído y escuchado argumentos en contra del equipo felino, discursos provenientes principalmente de los ‘4 grandes’: América, Chivas, Cruz Azul y Pumas, quienes aterrorizados proyectan la inquietud provocada por la inminente acción de verse alcanzados por el representativo de la institución educativa norteña, su argumento principal: la falta de mística, de historia.

Y aunque a tres de ellos la mística no les alcanza, pues aquella magia está plasmada en historias de abuelos y adultos teniendo un triste promedio de títulos/torneos, insisten en descalificar lo hecho por Tigres en la modernidad, pasando por alto que los niños de esta época se están habituando a ver ganar a Tigres, disfrutándolo en los estadios, en las redes sociales, en plataformas interactivas, comprando playeras amarillas con el número 10 en la espalda.

La magia por si sola es efímera, se necesita de fe, de incredulidad, pero también de actuaciones  e ídolos para encontrar razón de ser, pareciera que en esta descripción, en el volcán se viven momentos mágicos mientras en los estadios de los grandes solo se respira historia en sepia.

La mística como acto metafísico que aspira a conseguir el contacto del alma terrenal con la divinidad por diversos medios, antes al alcance de pocos, hoy muestra una tendencia auriazul gracias a Gignac, quien ha posicionado con y sin títulos al equipo Felino en las discusiones nacionales e internacionales, consiguiendo que grandes clubes Europeos y sudamericanos lo contemplen como refuerzo, que piensen en Tigres al hablar del fútbol mexicano. El 10 de Tigres está marcando un precedente difícil de igualar, un europeo rompiendo el mercado, goleador, cercano a la afición, enamorado de México: ganador.

El ídolo, Gignac, está terminando de cimentar la mística exigida en Tigres, aquella que en los próximos años será historia. De Gignac se espera que al colgar los botines mantenga su rudeza ideológica en pro del equipo, su figura inmaculada de héroe incomprendido, que enaltezca los logros de esta década, mismos que han sido colectivos, pero el estandarte tiene nacionalidad francesa.

Gignac en palabras de Bielsa: “Es invencible no porqué nunca lo superen sino porqué jamás se rinde. Su mente asume cada desafío que se presenta. Deja en el campo la energía que posee considerando al equipo por encima de él. Contagia, transmite, vibra, emociona al hincha y se apasiona al hacerlo. Es un amateur aunque se comporte como profesional. Rechaza las excusas y justificaciones. Se enfrenta a la realidad sabiendo que no podrá superarla si primero no lo conoce. Coincidimos en Marsella. Se le parece a la ciudad”.

Gignac, como bien dice Bielsa, ha convertido la rebeldía en grandeza. Nos ha convertido en lo que somos, Tigres.