El brillo de sus ojos: cuento dedicado a André-Pierre Gignac

Llegó la vejez. Me despierto temprano, me preparo una taza con café y me pongo a leer el periódico sentado en mi mecedora favorita. Disfruto del buen clima que premia a quienes madrugamos, y los vecinos pasan con sus hijos y me saludan. Yo levanto la mano y les regreso el gesto mientras el sol acaba con lo que queda de la noche. Y se va el buen clima… y empieza el calor. 

Mi vida es tan rutinaria como la de cualquier jubilado sano. Los días distintos, sin embargo, son los fines de semana. Sábados o domingos, según convenga. Vienen mis hijos y yo me siento contento de tenerlos nuevamente conmigo. Ellos traen a mis nietos, y es ahí donde realmente empieza la aventura.

—¿Quién es? —pregunta Miguelito. Chaparro como su padre y travieso como su abuelo.

—¿Quién es quién, hijo?

—El de la foto.

En eso momento se me caen algunos años y las arrugas desaparecen. La mirada no es más la de este viejo de setenta y pico. Le vuelve el brillo a estos ojos apagados por culpa de la edad y del cansancio; de la sabiduría y de la nostalgia patrocinada por el tiempo.

—¿Y si te quedas a dormir? —le pregunto mirándolo frente a frente, como negociando con una versión diminuta de lo que fui. Mañana te tengo una sorpresa.

—¿Puedo quedarme con el abuelo, papá?

Mi hijo le dice que sí, porque Miguelito tiene 4 o 5 años, y siempre es bueno tomarte unas pequeñas vacaciones de esos torbellinos a quienes quieres con el alma aunque te adelanten las canas.

A la mañana siguiente, me despierto muy temprano y el niño salta ansioso por saber qué trama el loco de su abuelo.

—¿Estás listo?

—Sí, sí, sí… ¿pero a dónde vamos?

—Ya lo verás. Ponte los tenis y tráete una gorra, que tu madre me mata si te quemas.

Veo a mi nieto correr por el pasillo, y no puedo no preguntarme qué hice de mal con Miguel, el padre de este niño. Con sus hermanas también fallé, quizás más con Sofía, que detesta el fútbol. A Carla ni le gusta ni le disgusta, mas en su armario siempre hubo alguna blusa de Tigres. En cambio Miguel… mi único hijo varón, a quién tanto deseé conocer, me salió más rayado que el diablo.

—¿Por qué mis primas dicen que me voy a aburrir?

Se refiere a las hijas de Sofía. Carla salió tan gitana como su padre, y no ha llegado quien le frene la aventura. En dos meses cumplirá 27 años, a esa edad conocí a su madre. Ojalá y también me herede el buen gusto. Por cierto, el lunes se cumplen dos años de tu partida, y te sigo extrañando como en aquél día, Irene…

—Espero que se equivoquen.

—Siempre se equivocan…, ¿a dónde vamos? ¡Ya dime, por favor!

No le digo, pero llegamos. Desde que tomamos el metro los nervios me consumen. Las manos me sudan y no me atrevo a buscarle los ojos a mi nieto. Me da miedo que me pase lo mismo que me pasó con su padre, y él también acabe por confesarme lo prohibido, lo que no debía ocurrir. Me diga frente a la estatua de Gignac que es hincha del Monterrey.

—¡Es el de la foto! —grita aún y cuando estamos muy lejos de ella. La piel se me pone de gallina y me hinco frente a él para emularle la estatura.

—Se llama André-Pierre Gignac, y tu abuelo… tu abuelo le debe bastantes alegrías.

—¿André? ¿Como yo?

Recuerdo aquel día en que le pedí a Miguel que me permitiera eso, y él definitivamente se negó. ¿Y cómo iba a aceptar? Yo jamás le habría puesto Humberto o Guillermo a Miguel. Para él estaba destinado el nombre de mi viejo. No compartiremos camiseta, mas si la pasión, y esa no se empeña. Tampoco existen demasiadas reglas en ella, por eso fui con mi nuera y le metí el nombre entre oreja y oreja. Le inventé mil historias, hice hasta lo imposible por convencerla, y sucedió. Si uno realmente puede odiar a sus padres, sospecho que ese día me odiaste, hijo.

—Como tú, campeón.

—¿Y qué hacía?

Goles, títulos, hazañas. Gignac hacía muchas cosas y podía enumerarlas de una en una para que mi nieto se enamorara de Tigres y así corregir lo que hice mal con su padre. Mas no pude. De mi garganta no salió la historia del primer gol con los nuestros en su primer partido en ésta cancha vieja, sí. Descuidada, también. Pero más viva que cualquiera. Tampoco le mencioné los campeonatos ni los goles a rayados. Estuve a punto de contarle cómo viví el tanto que lo convirtió en el máximo goleador del equipo, pero de mis labios solo salió una palabra…

—Felicidad. Nos hizo felices a todos.

Miguel André sigue sin saber quién es ese tipo del busto, también ignora que aquello es un estadio de fútbol. Pasarán los años y quizás se olvide de éste momento, porque todo puede suceder. Todo, claro, menos que mi nieto se haga rayado. Porque los ojos le brillan sin entender la historia. Porque no sabe que el fútbol es una enfermedad de la que no puedes ni quieres curarte. Porque no tiene lógica que se le erice la piel y sonría, y mientras eso sucede, los ojos le siguen brillando. 

El tiempo pasó, yo me reencontré con Irene poco después de que Miguelito se graduara de la primaria. Desde acá veo que en la adolescencia le agarró gusto a los tatuajes y a la bebida. Que es un gran escritor aunque muy pocos conocen sus libros. Que se enamoró a los 27, como su abuelo, y que es más tigre que persona.