André-Pierre Gignac: Una historia que contar

Me tocó viajar este fin de semana. Lo cierto es que estoy a pocos kilómetros de distancia, con una sola puesta de gasolina me es suficiente para ir y venir. No obstante, hay algo que dramatiza la escena. Debido a ello los kilómetros se triplican y no hay combustible que alcance para llegar a tiempo, porque Tigres juega a las 12, y yo sigo encerrado en un país donde el fútbol, por más que se esfuerzan, no logra penetrar como en mi Nuevo León lindo y querido.

En cuanto puedo me meto a uno de esos restaurantes donde venden tacos raros. La tortilla sabe a nada, el picante no pica. Un chiste de mal gusto para el paladar mexicano, y sin embargo, no me afecta demasiado. Pasa que en frente tengo un televisor que me ofrece el Pumas vs Tigres, y me entretengo viendo a mi equipo pasándola mal en el primer tiempo, corrigiendo algunas cosas en el segundo, y al final… al final dándome un nuevo motivo para sonreír.

El gol de Gignac. El 105 que lo convierte en el máximo goleador en la historia del club. El que no puedo gritar como quiero porque no es el momento ni el lugar, pero que me emociona hasta la médula. Como evidencia está mi piel de gallina y la mirada cristalina.

Contrario a lo que imaginan, en mi mente no pasa lo que mis ojos acaban de ver. No está Rodriguez poniéndosela justa a André ni él rematando como pocas veces lo hace, a una hora donde respirar le cuesta el doble e esfuerzo.

¿En qué pienso?

En un partido disputado hace más de 10 años, cerca de la Ciudad de México. En Toluca, para ser exactos. Perdimos 7-0 aquel encuentro, en un torneo donde las goleadas en contra fueron algo normal. Pienso en ello, no obstante, porque ese día, al caer el séptimo gol, mi viejo me hizo una promesa que entonces me supo a nada, y hoy le da percha de profeta…

“Algún día llegará un cabrón que sepa valorar ésta camiseta, enano”. Luego llegó Lucas Lobos y el bien pudo decir ya está, te lo dije, mas no fue así. Ora porque la vida me lo quito antes, ora, y prefiero esta versión, porque él veía a alguien mejor. Alguien con la calidad suficiente para rompernos el techo y elevarnos al cielo. Alguien que nos triplicase la vitrina… más, ¿por qué no? Con el arraigo suficiente para hacer suspirar a niños y viejos; vivos y muertos. Ese alguien llegó, viejito. Y se llama André-Pierre Gignac.

Sé que los 105 los cantaste conmigo…