Juguemos con sus fantasmas

Si temprano en el partido les toca marcar primero, obséquiale una sonrisa a quien tengas al lado. Si estás de ánimo, dale también un abrazo. Si es colega entenderá el mensaje, si es rival… bueno. Si es rival no ha de sorprenderte que se le apague la alegría. El amarillo le hace mucho daño.

Si el arbitro nos pita un penal a favor, pido al cobrador que se sienta como en el llano, que deje la presión en hombros del portero rayado. Tranquilo -aunque envalentonado- toma la pelota, ponla en el punto blanco y haz que Barovero dude entre quedarse parado o lanzarse a algún costado. No vaya a hacer que la piques y quede en ridículo en su casa y con su gente.

Si recuperan la ventaja a inicios del segundo tiempo, repite la dosis del primer gol. Seguramente el hincha te sacará la vuelta, bien por temor, pero también por soberbia. Es justo recordar que en esta barra no existe la memoria. Espera, incluso, que en pocos minutos empiecen a alardear que tienes miedo. Tranquilo, no te enganches, que viene lo mejor.

Un disparo sin mas puede escurrírsele entre las manos al guardameta argentino, un tiro de esquina clavarse luego de un pique al ras del pasto. No porque nuestros tiros o remates sean buenos, tampoco porque tu portero sea malo. Esto es a razón de un fantasma que te perseguirá toda la vida. Y lo sufrirá el cobrador de un penal que pueda darles el empate, la hinchada que se sentirá vencida aún y cuando quede tiempo en el marcador.

Hoy Tigres debe jugar con los fantasmas del vecino. Recordarles en todo momento que fuimos campeones primero en su cancha, y de paso agradecerles por la alegría de verlos llorar.