“Lo volvería a vivir”

Por : Jaime Garza

Twitter : @JaimeGarza94

Si ponemos en carril común la pasión que despierta la Copa Libertadores y el despliegue futbolístico que nos ofrece, sé que acabaremos endeudados con el buen trato a la pecosa. Sin embargo, la Copa tiene una mística que le permite sentarse en la mesa de cualquier grande, y Tigres me permitió estar en ella.

“…aunque fuera por un ratito. Aunque hoy lo cuente con tristeza…”

Recuerdo con nostalgia aquel partido ante Toluca. Dimos un buen torneo, el peor de los escenarios nos dejaba como terceros de la general, pero eso conllevaba algo que me rehusaba aceptar: el quedar fuera de la Copa Libertadores.

Empezamos ganando. Un gol de Guerron nos ponía como segundos, y la obsesión continental se volvía realidad. No obstante, Toluca empató. Eran ellos quienes se quedaban con el pase.

Los minutos pasaban, mis nervios explotaban a tope, cuando Damián Alvarez toma el esférico y de un disparo cruzado -con la pierna de palo- lo manda al fondo de las redes. Volvíamos a la Copa, y mis ojos cristalinos la hicieron de presagio. Sabia que algo lindo pasaría.

Me transporto a los montos finales contra el Inter de Brasil. Estábamos tan cerca y lejos de un momento que creí jamás vivir. Porque un gol acabaría con la ilusión, pero el tiempo y el marcador nos tenía a 180 minutos de una gloria incomparable.

Lloré. Lloré mucho cuando el árbitro marcó el final del partido. No me importaba lo que pasaría ni a quién enfrentaríamos. Estábamos en la final de ese torneo que me volvió un enfermo por este juego.

Me encantaría contarles a detalle las rabietas que hice cuando Damm falló los mano a mano, o cuando Alario mereció ir expulsado antes del gol que puso el primer clavo. Me gustaría, pero no puedo. Porque aún duele recordarlo.

No me parece adecuado arrojar comentarios del tipo analítico. Entonces no estaba en mis cinco sentidos, sería faltarle al respeto al hincha que lloró desconsoladamente cuando el árbitro pitó el final del partido y nos dejó como el segundo del continente. Hoy suena bien, pero en aquel rato lastimó demasiado.

Admito que la herida fue grande, al grado de poner en debate mi pasión por el juego, como si eso fuera negociable. Nací siendo hincha de un equipo de pueblo, y de pronto era invitado a la fiesta más grande. A pesar de todo, volvería a vivirlo.

Porque la Copa Libertadores materializa la locura del cuerdo, esa parte del fútbol que lo vuelve único, muy por encima de cualquier disciplina. Volvería a vivirlo, repito, aunque volviera a perderlo.