Si no te defiendes tú, ¿cómo te defiendo yo?

Por : Jaime Garza

Twitter : @JaimeGarza94

Este Tigres me recuerda a un día cualquiera en el trabajo. Está el chico listo de la clase, que confía demasiado en su capacidad para aprender y deja todo para el final. Adiós tareas y asistencias. Toda la suerte echada en el examen.

Si que le sirve de vez en cuando. De vez en mucho, diría yo, sobre todo en los globales. Diciembre parece sonreírle, siempre le sale todo en esa semana donde se evalúa lo aprendido.

Sin embargo, este curso ha sido distinto. Los globales se acercan, y aunque no quiera admitirlo, las cosas no le salen como en años anteriores. Batalla para entender el tema, pero sigue aferrado a esa última prueba. No pierde la esperanza de la mística invernal, aunque en el fondo algo le dice que en esta ocasión le fallará. ¿Qué hace para corregirlo? Estudia un poco más, se esmera en ciertas asignaturas, pero sigue endeudado con esas pruebas que no hace mucho le servían de salvavidas.

Intento ayudarlo. Le encargo trabajos para reforzarle el punto flaco, pero sigue fallando donde antes era genio, y no acaba por aprovechar la oportunidad.

Lo peor es que la arrogancia le embriaga, y sus amigos le alimentan el engaño. Igual que a este Tigres y ese sector de aficionados que siguen creyendo, que siguen ilusionados con que de la noche a la mañana entren las que hoy no entran, la ofensiva siga igual de explosiva y la defensa recupere la memoria, recupere el dominio.

Admito que, al igual que con mi alumno, cada día me resulta más complicado defenderles. Pasa que ni mi Tigres querido ni el chico aportan mucho para hacerlo.