Amor imposible

Por : Jaime Garza

Twitter : @JaimeGarza94

Todos nos hemos enamorado alguna vez en nuestras vidas. Acabamos en la tumba con el pecado bajo el brazo, con el sacrilegio de haber empeñado el corazón a cambio de una vaga ilusión.

El amor entra en forma violenta, no hace tregua con la razón ni atiende coherencias o corduras. Nos ciega, nos hace pensar que todo saldrá bien. Dentro del rectángulo verde, hay varios enamorados. 22, para ser exactos. O 24, metiendo a los entrenadores. O pocos más, si incluimos a quienes esperan una chance desde el banquillo. O miles, si tomamos en cuenta al hincha que alimenta la cancha. O todos, si entendemos que el juego es una enfermedad que abarca, incluso, al peor de los escépticos.

Hace tres años, los enamorados más libres y locos de la ciudad se permitieron una ilusión peligrosa. La de levantar a nombre de México un torneo jamás ganado; dulce prohibido, reservado para los sudamericanos.

Los noticieros más populares del continente hablaban de nosotros. Las tapas nos dedicaban algunas letras y datos erróneos o certeros. Interesa poco. Lo importante es que ya nos conocían. ¿Y cómo no? Si en ese mismo certamen pusimos a gritar a todo el Monumental. Sí, el Tigres de México puede presumir haber robado un cachito de pasión al gallinero. No me olvido que en aquella tarde nos festejaban en 2 estadios al mismo tiempo.

El destino es caprichoso, dicen algunos, yo opino que es mala leche. Mira que Tigres tuvo en sus manos echarlo a River. Mira que pudo hacerlo en forma directa e indirecta, pero quiso dejarlo vivo. Como si estuviese escrito que ante ellos jugaríamos la final.

El primer partido lo jugamos en casa. Platicando con el padre de mi entonces pareja llegamos a la conclusión de que Tigres necesitaba viajar a Mendoza con al menos dos goles de ventaja. Coincidimos, pero en el fondo sabíamos lo complicado que sería.

Inicia el partido, los nervios se quedan. Era una final que nunca creímos jugar. Estábamos bailando con la más bonita del barrio, no podíamos quedar mal. El primer suspiro se lo debo a un centro descuidado que por poco acaba en gol. Sabrá Dios quien lo mandó -porque los nervios no te permiten guardar ese tipo de detalles- pero besó el poste y nos hizo pensar que la historia podía torcerse. Que podríamos ser el Uruguay en el Maracaná, Once Caldas en 2004. Podíamos ser campeones de América. Podíamos ser más de lo que creíamos lograr.

El sueño toma tintas de realidad cuando Jurgen Damm se enfila mano a mano contra Barovero. Es esa. Dios mío, es esa. No fue esa. Se empacha de bola y acaba desperdiciando una posibilidad dorada. El partido termina. 0-0. Nos vamos por todo y con poco al Monumental.

Allá arrancamos perdiendo desde el minuto 0. La cancha era un laberinto de pasiones, donde solo el local conocía la entrada y la salida. El visitante, como era de esperarse, acababa perdido en una esquina, esperando el milagro de que la suerte lo rescate.

Muy temprano en el partido River Plate debió quedarse con 10 jugadores en la cancha. Lucas Alario da una entrada terrible a Guido Pizarro -de ese detalle si me acuerdo- cualquiera con una pizca de sentido habría sacado la roja, sin atender instancia ni momento. Al minuto 1 o al 90, en jornada inaugural o plena final, no existía contexto que permitiera a Lucas seguir jugando, pero el arbitro opinaba lo contrario.

El partido continuó, y nuevamente Jurgen queda mano a mano frente a Barovero. Ahora sí. Es esta. Dios mío, es esta. No fue esta. Damm vuelve a empacharse de bola y dejamos ir la oportunidad. Rafael Sobis tuvo otra, e igual la dejamos pasar. En una final no se puede fallar. Nosotros fallamos, tentamos a la suerte hasta que pasó lo inevitable.

El primer tiempo estaba por acabarse. Un centro exquisito de Leonel Vangioni es conectado por alguien que no me interesó mucho saber quien era, pues mi corazón estaba destrozado. La razón iba peleada con el sentimiento, mi atención perdida en ese festejo rojiblanco que los ponía adelante en el marcador y nos aniquilaba emocionalmente.

Cuando mi equipo reanuda el juego desde el medio campo, me permito conocer al hijo de puta que a tanto Tigre jodió con su gol. Grité como barra brava. Como hincha desquiciado ante la peor de las injusticias futboleras, que en todo son peores a las del mundo corriente. Era Lucas Alario. Alguien que no debía seguir jugando.

Aquella rabieta en algo ayudó. No podemos negar que ante la excusa arbitral el dolor de la derrota es menos duro. Tigres perdió la final tres goles contra cero. River Plate levantó su tercera Copa Libertadores y nosotros tuvimos que conformarnos con haber estado cerca, con haber sido el tercer equipo mexicano en intentar lograr algo que nadie ha logrado.

Así culmina este cuento fatalista. Narra la historia de un equipo que retó al destino, que quiso ser gigante en tierra de pequeños. De aquel tropiezo vinieron cosas buenas: 3 títulos de Liga -el último ganado ante el rival de toda la vida, en su cancha y con su gente- y 3 campeón de campeones. La suerte le abrazó, como compensando el dolor causado por el amor que le prohibió. Sin embargo, todos sabemos que cambiaríamos algunas de estas tardes bonitas por aquella que nos salió mal. La Copa Libertadores resultó ser para Tigres un amor imposible. Ese que no podría cumplirse por no estar en el libreto, pero que a pesar de ello quiso intentarlo. Con todo y todo, volvería a coquetearle a esa niña prohibida. En una de esas y cae. En una de esas y las cosas salen diferente.