Gracias por la locura, Gignac.

Por  : Jaime Garza

Twitter : @JaimeGarza94

Recuerdo bien aquellas mañanas que se me iban y venían revisando Twitter, siempre esperando noticias nuevas del fichaje inalcanzable. El menor movimiento nos revolvía el estomago, porque no creíamos, porque no entendíamos como un goleador en apogeo podría unirse a los nuestros. El sueño se hizo realidad, y entonces todo cambió.

Han pasado 3 años desde que André-Pierre Gignac le dio el “sí” al conjunto felino, y la historia de todos dio un giro de 180 grados. Hoy nuestro escudo presume el doble de estrellas, y no ser el mejor se convirtió en la única forma de tropezar. Es cierto. Probablemente la decisión le restó palmarés internacionales. Pudo haber alargado su trayectoria en Europa, y, ¿por qué no? Vivir nuevamente el sueño mundialista. Sin embargo, sin Tigres en la vida de Gignac nunca se hubiese acabado de conocer como jugador.

El goleador galo es un gitano irremediable. Un bohemio del fútbol que no se halla, que no se adapta sin una hinchada candente susurrándole al oído. Pudo ser más, mucho más de lo que hoy es, sí, pero la espinita le asfixiaría el alma y no sonreiría como acá sonríe semana a semana.

Gracias por locura, Gignac. De nada por tener la desfachatez de seducirte en tus mejores tiempos.