Tigres UANL : Cantar en defensa propia (sobre invasiones auriazules)

Por Ivánn Herrera

Si algún extranjero de casualidad presenció por primera vez un partido de Liga MX en el Chivas-Tigres del sábado pasado, seguramente se llevó una impresión equivocada sobre la atmósfera habitual que hay en la grada. La competencia de aliento librada en el Estadio Akron estuvo muy por encima, lo reconocieron varios comentaristas durante la transmisión y otros más en redes sociales, del ambiente soso –unos lo llaman “familiar”– que padecen las tribunas mexicanas.

Gran parte de la culpa recae en los Tigres aventurados que ayudaron a llenar asientos en Zapopan, generando un efecto emocional en la afición tapatía, reacción intensa del tipo que sólo se aprecia en clásicos o finales. Es un fenómeno único en el país, el de Tigres visitante. La envidiable capacidad de planeación y ejecución que conservan quienes siguen a la U de Nuevo León ha sentado varios precedentes, pero uno de los más relevantes es el traslado de seis mil a diez mil aficionados, a un estadio lejano, al menos una fecha por torneo. Esto ha provocado discusiones en las que entran seguidores de otros equipos, alzas en precios de boletos de parte de directivas que aprovechan el entusiasmo de los norteños, acusaciones verduleras que apuntan a un patrocinio para demeritar los imponentes traslados, entre otras cosas.

El acto de transgredir ocasiona –naturalmente, diría un bigote carioca– reacciones poco amables. Por eso es, hasta cierto grado, entendible observar insultos, ataques verbales o físicos, contra los de azul y amarillo en otros estadios. Quizá el único pecado que arrastran esos viajes admirables organizados por los mismos hinchas de Tigres, sea el de nombrarlos “invasiones”. Porque si bien el término se acuñó sin el afán de ofender a nadie, cualquier humano responderá en cuanto vea una advertencia sobre un grupo de desconocidos que promete apropiarse de la sala de su casa para hacer su propia fiesta, incluso si dicha sala normalmente está desatendida, con espacio de sobra, como es el caso de la mayoría de las canchas en México.

Pero las invasiones de Tigres no sólo se limitan al disfrute de quienes viajan o a la motivación que puede pegarle a un jugador cuando ve tanta de su gente en un graderío ajeno, también salpican beneficios al rival en turno, en el lugar de visita. Está el derroche económico que se reparte entre restaurantes, bares, suvenires, hoteles, taquilla y reventa. Aunque el mayor de los beneficios es el impulso en el ambiente dentro del recinto. Imagino, por ejemplo, a un pequeño chiva hermano que se estrenó como hincha el fin de semana. Un niño que cantó junto a la barra, gritó los peligros en ambas porterías, contempló un gran juego de futbol y experimentó los estímulos que pueden originarse cuando retumba uno de los instrumentos musicales más preciosos: la voz. ¿Cómo no va a querer regresar ese niño al estadio luego de semejante partido?

La gente de Tigres ha sido nota a nivel nacional e internacional en los últimos años. Pero el apoyo férreo, incondicional, está lejos de ser una actitud novedosa dentro de esos pechos auriazules. Ahora la diferencia radica en que existen resultados bastante positivos, históricos, en el campo. Durante muchas etapas de desgracia futbolera, en Tigres se cantó sólo para defender el orgullo de una camiseta que estaba siendo pisoteada por los mismos que comían gracias a ella. Es muy distinto entonar una canción por alegría pura, como se hace muchas veces hoy en el Universitario.

Y esa es la alegría que carga la camiseta de la U por los estadios del país. La alegría de quien goza la victoria tras haber conocido a flor de piel muchas derrotas, la alegría de quien estuvo enfermo, postrado en cama de hospital, y ahora recorre cualquier sitio gozando de cabal salud. Tigres pasó de ser un miserable que causaba lástima, al pudiente ganador cuya presencia incomoda porque parece tenerlo todo. Ahora son el resto de los equipos quienes deben aprender a convivir con un animal que intimida, fascina y molesta por igual. Mientras tarda en disiparse el humo de lo que muchos catalogan como una “moda”, y ante el riesgo de saberse eclipsados en el duelo del aliento, entonces sí, los otros, los rivales, acuden al estadio, realizan caravanas, pasillos, bengalas, recibimientos, saltos al ritmo de “Tigre maricón”. Pero más que por arengar a los suyos expresando un gesto de cariño a su escudo, cantan ellos, principalmente, en defensa propia.