Tigres UANL : ¡Eso no es todo amigos!

Por: Andrés Estrada

Twitter: @andreseb_

Roberto Hernández Jr. defendió tenazmente a Tigres con su mayor don: la palabra. Él no estaba dentro de un terreno de juego sudando la playera del equipo y menos en la planeación del conjunto en la dirección técnica, sino tuvo una labor de mayores dimensiones: darle voz a la afición. Y no sobra decirlo pero lo consiguió y fue gracias a que su persona representó al seguidor incomparable, el cual se define por su lealtad inquebrantable. Así, Hernández Jr. era el fanático en la cabina o el hincha que narró; sus comentarios en los programas de televisión y radio acompañaron y reflejaron la pena de años pasados y el gozo de tiempos recientes.

 El comentarista oriundo de Guanajuato además de ser vocero del sentir felino, también creó parte de la identidad de la institución. Por ejemplo, captó la esencia del Estadio Universitario al renombrarlo con el apodo de “El Volcán”; vio en éste un lugar siempre al límite y a punto de estallar, ahí donde sólo tienen cabida los apasionados y vehementes. Don Rober, como también se le conoció, consagró a los ídolos modernos; su ojo inquisitivo y picardía para nombrar llevaron a “El Patrulla” Barbadillo,  “El Diablo” Núñez, “El Capi” Lobos o “El Bomboro” Gignac a pasar a la historia del club.

El próximo 18 de noviembre se jugará otra de edición del clásico norteño y recordaremos, tanto felinos como rayados, a Hernádez Jr. ya que él le dio un sabor único al encuentro. Don Rober enseñó que en ese partido se disputan más de tres puntos o la clasificación, sino el orgullo. Gracias a este aprendizaje, preferimos el triunfo en el clásico en menoscabo de cualquier encuentro e incluso de la copa misma. Y a pesar de la rivalidad, tanto uno como otro conjunto, se solidariza con su pérdida porque reconocen en el comentarista un legado imborrable de éste en sus instituciones.

Roberto Hernández Jr. es una figura imposible de sustituir, sin embargo,  queda a la afición seguir con su herencia; es decir, defender desde diferentes trincheras y hasta al cansancio al equipo de nuestros amores: Tigres. Por ello eso no es todo amigos, al contrario, es un comienzo. Extrañaremos sus narraciones, su voz a la hora de la comida y aún más su fraternidad y cercanía con la comunidad norteña. Nos quedamos con sus crónicas y en mi caso con dos en particular: la del descenso en 1996 y la del campeonato del 2011; se necesita mucho valor para bendecir a quienes te hacen daño, pero es valiente aquel que llora por algo que anheló por tanto tiempo.