Tigres UANL : Clásico sábado

El clásico regiomontano resulta ser el partido más esperado por los aficionados neoloneses desde que se anuncia el calendario semanas antes del inicio del torneo. Ese partido donde la ciudad humea vapores con olor a carne asada, donde en los cruceros, sean transitados o casi desiertos, existen personas oportunistas con banderines de ambos equipos, aprovechando la pasión para negociar los colores que tu coche va a lucir por lo menos esta semana.

Existen jugadores de clásico, como José Rivas, defensor que lleva diez años en el equipo y ha jugado tantos clásicos como podamos imaginar, ha sido héroe en aquel 1-4 jugando en el Estadio Tecnológico, y la garra, entrega y hambre que muestra en los partidos donde la ciudad se divide en dos, es digna de un reconocimiento de la afición, y no sólo de la felina, porque ambos tipos de aficionados esperamos 22 Rivas en la cancha.

Jugadores como Egidio Arévalo y Nahuel Guzmán son elementos que pintan para dar tantas alegrías en especial durante estos partidos, con recorridos y el regreso digno de un crack mundial, así como atajadas sobre la línea. Esas atajadas y salidas que no traen más que tranquilidad y seguridad para el jugador y, sobre todo, para el aficionado.

La televisión muestra una cuenta regresiva desde hace varios días, donde presume llegar hasta el segundo antes del perpetuo silbatazo del colegiado designado, pero ¿Qué pasará dentro de la cancha?

Como estamos acostumbrados a ver, hay once hombres nuestros dentro de la cancha, once hombres de la tribu rival queriéndonos robar las ilusiones, pero realmente no son jugadores de fútbol; son sólo un intento de esto, se la pasan corriendo en la cancha de un lugar a otro, esperando tener la pelota en sus pies para poder ser ese jugador de fútbol que desde niños soñaron, para darle la alegría a los hinchas en la popular y a sí mismos.

Esta teoría de lo que un hombre desea ser dentro de la cancha, la tomo del libro “Dios es redondo”, del escritor mexicano Juan Villoro, y me sirve para dar pie a un tema importante: la afición.
Extraigo del libro del siguiente fragmento:

“Así es el fútbol: algo que no sucede, sucede a medias, sucede mal, pero insinúa en todo momento que puede componerse. Hay públicos que cumplen mejor que otros su solidaria condición de comparsas. En una ocasión, asistí al clásico Boca – River en Buenos Aires. Un hombre reconoció mi acento mexicano y quiso comprobar un dato del que le habían hablado varios amigos argentinos: “¿Es cierto que en México un hincha de un equipo como Boca, puede ver el juego al lado de un hincha de un equipo como River?” me preguntó. Le dije que sí, “y ¿no se matan?”, precisó. Acepté que, al menos en cosas de fútbol, éramos bastante pacíficos. “Uh, pero qué degenerados” fue su inolvidable respuesta”

El fútbol es el recuerdo semanal de la infancia, y negar a tu equipo es negar la infancia que se tuvo y se disfrutó. Cuando niños, el fútbol acababa cuando papá dejaba la televisión e iba de nuevo con la familia, o en su defecto cuando se levantaban de la butaca del estadio y volvían a casa, sabiendo que esto es una cosa de azar, un juego nada más.  “El fútbol es como la vida en pequeña escala, pero con la gran ventaja de que siempre vuelve a empezar” dice Eduardo Sacheri, y hay que comprender esto como lo que es: un deporte, y hay que sabernos como lo que somos: aficionados. Las peleas quedan fuera de todo, ninguna justificación es valida, la única tarea acá es disfrutar del fútbol.

Este sábado a las siete de la tarde, uno de esos raros aficionados que optaron por ser árbitros, dará inicio a una batalla de hombres y fútbol, donde todos especularán lo que se puede hacer. Nosotros tenemos que disfrutar, apoyar, esperar que todo sea lo soñado y, por supuesto, que pierda el archirrival